Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo vida y obra

 

Francisco J. Sánchez Urra

 

Nació en Florencia el año 1469, en un mundo que sufría transformaciones profundas. El medioevo había llegado a su fin y la sociedad experimentaba el denominado Renacimiento, en el que las ciencias y las artes estaban socavando profundamente la hegemonía ideológica de la iglesia.

Esto era un producto de los cambios socio-económicos que había sufrido la sociedad. El feudalismo se veía en franco retroceso ante el avance inexorable de un mercantilismo próspero que en el futuro se convertiría en el capitalismo.

En el ámbito político, la nobleza feudal perdía su poder ante la centralización de los emergentes Estados absolutistas a la cabeza de monarcas que comenzaban a monopolizar todos los recursos.

Seguramente fueron estas transformaciones políticas las que en mayor medida influenciaron a Maquiavelo, pues durante varios años se había desempeñado como funcionario público en la república de Florencia. Sentía una fuerte desazón al ver como Estados vecinos, como Francia y España, habían logrado fortalecerse debido a una unificación y centralización, mientras que Italia se veía fuertemente dispersa en pequeños reinos, principados y republicas. Las consecuencias obvias de esta situación eran la postergación y sometimiento de los italianos frente a los vecinos.

Maquiavelo fue removido de sus cargos en 1512 debido a los avatares de la política interna en su Florencia natal. La poderosa familia de los Medici había retornado al poder y Maquiavelo, al haber servido a los antiguos gobernantes, se vio desplazado por los nuevos detentadores del poder. Fue en esta situación que Maquiavelo se dio a la reflexión y elaboración de su obra cumbre “El Príncipe”.

El propósito de esta obra no es sino un intento de congraciarse con los nuevos gobernantes. No está en su ánimo, sin embargo, adularlos, como podría pensarse. Tiene una forma mucho más genuina de intentar lograr sus favores.

En la introducción a su obra, Maquiavelo se dirige a Lorenzo de Medici y le explica que quien quiere ganar el favor de un gobernante, suele hacerle regalos y obsequios en forma de piedras preciosas, caballos, armas, etc. Reconoce que no tiene nada de eso que ofrecer, pero lo que sí tiene es su experiencia en las funciones políticas que considera puede serle de utilidad. Después de todo, la sabiduría es un bien mucho mayor que cualquier riqueza material, pues trasciende cualquier circunstancia.

Este es entonces el origen de la célebre obra “El Príncipe” de Maquiavelo. Se trata, sin lugar a dudas, de una obra de carácter muy particular. “El Príncipe” es fundamentalmente un tratado acerca de cómo debe comportarse un gobernante para preservar su poder. Podría pensarse que el objeto de su escrito es banal, superfluo, carente de fines trascendentales. Sin embargo, el hecho de que su obra haya tenido la capacidad de trascender los siglos, indica que sus ideas han podido penetrar en la esencia misma del accionar político, más allá de las circunstancias específicas del mundo en el que le tocó vivir.

Los Medici no dieron mayor importancia a la obra de Maquiavelo. Sin embargo, políticos y estudiosos de todos lados, en los siglos posteriores, admirarían su obra y recibirían con beneplácito el obsequio que los Medici despreciaron.

Una de las principales premisas del pensamiento de Maquiavelo tiene que ver con el rol de la iglesia en la política. Se trata de un ajuste de cuentas con la influencia determinante que jugaba la religión y, sobre todo, la institución eclesiástica en la política durante todo el medioevo.

Según Maquiavelo había que separar la religión de la política, pues sobre el mundo terrenal ésta no tenía por qué ejercer poder. Sin lugar a dudas, se trata de una idea precursora para las doctrinas políticas de los siglos venideros. Pero Maquiavelo, en este momento, sólo está pensando en las consecuencias prácticas de esta tesis. Por un lado, Maquiavelo acusa a la iglesia de haber promovido la dispersión entre los italianos. Por otro lado, se trata de liberar el accionar político de toda forma de moral. Para Maquiavelo, la moral no tiene lugar en el accionar político.

Este razonamiento nos lleva inmediatamente a la segunda premisa. No es que Maquiavelo considerara que la religión dotara de moral a la política. Por el contrario, la iglesia, en estos momentos, está sumamente desprestigiada por varios escándalos de corrupción y pronto sus principales acusadores protestantes le endilgarán la acusación de doble moral e hipocresía.

La iglesia había proclamado la ética y la moral, mientras que su comportamiento era precisamente el contrario. Por eso, Maquiavelo no está ocupado con los problemas filosóficos acerca de cómo debe ser el Estado y la política. Maquiavelo se ocupa de cómo es, en realidad, la política, es decir, como funciona en los hechos. De este modo, Maquiavelo se enmarca dentro del realismo político y, a partir de las constataciones de cómo es en realidad el funcionamiento de la política, intenta deducir principios generales de comportamiento.

Otra premisa básica del pensamiento de este célebre pensador tienen que ver con la naturaleza humana. Maquiavelo es capaz de constatar las profundas transformaciones que vivía el mundo durante su época. Pero, así como el mundo cambia, el hombre, en los ojos de Maquiavelo, permanece inmutable. Esto se debe a su naturaleza.

El Hombre es egoísta, ambicioso, intrigante, doble e inmoral. Pero sobre todo es ansioso de poder y de riquezas: “es más fácil que un hombre perdone al que ha matado a su padre -decía Maquiavelo- que perdone a aquél que le ha quitado la herencia de su padre”. Todo gobernante debe, entonces, tener en cuenta esto en todos sus actos y jamás olvidarlo, pues este olvido significaría su caída.

Existen pues ideales buenos en Maquiavelo. Lo especial en este hombre radica en que considera legítimo el uso de cualquier medio para alcanzar esos objetivos buenos. Por ello, la premisa en torno a que “el fin justifica los medios”, es una idea básica y extremadamente simplista de su obra.

Finalmente, otra de las premisas presentes en toda su obra es la idea de basarse en las propias fuerzas. Para Maquiavelo, la libertad y la autonomía dependen de la propia fuerza. Los aliados, los recursos prestados, las habilidades de otros pueden muy bien ser utilizados por el gobernante. Pero se trata de recursos complementarios, ocasionales. Si el gobernante no sabe generar su propia fuerza, y en este caso se trata principalmente de fuerza militar, no tendrá jamás libertad y su poder perecerá tarde o temprano. La única fuerza con la que “el príncipe” ha de contar ciegamente es en la propia.

Pensamiento político de Maquiavelo

En toda la obra de Maquiavelo, éste se muestra consiente de que la política consiste fundamentalmente de poder. Con riesgo de simplificar demasiado las cosas podemos decir que, en los ojos de Maquiavelo, todos los sujetos en la política tratan de adquirir, conservar y aumentar su poder, así como tratar de que los rivales pierdan el suyo. Está pues latente la idea de que el poder que uno gana, otro lo pierde.

De allí surgirá la concepción del “poder suma cero”. “El Príncipe” es una obra dedicada a dar consejos al gobernante para que pueda desenvolverse con el mayor éxito posible en este “juego de poder”. A lo largo de sus páginas desarrolla ejemplos de situaciones más o menos concretas en las que las premisas descritas líneas arriba están siempre presente de uno u otro modo.

De esta manera, Maquiavelo aconseja al “príncipe” no dejarse ver tal cual es en la realidad. Es bueno tener ciertas virtudes, pero cuando no se las tiene, habrá que aparentar tenerlas. Maquiavelo insiste en que los ojos miran lo que perece ser, pero no tienen la capacidad de palpar lo que realmente se es. Esta actitud, tiene su justificación en la naturaleza maligna de los hombres. Quienes tratan con el gobernante traen siempre intenciones ocultas. Por eso no es bueno que lo conozcan tal cual es en la realidad. Por su parte, el gobernante deberá tratar de indagar detrás de la apariencia de quienes lo buscan para descubrir sus verdaderos propósitos y personalidades. Si el gobernante actúa de este modo, estará siempre en ventaja.

Relacionado con esta problemática está la percepción que Maquiavelo tiene sobre la incapacidad de los hombres de considerar los problemas a largo plazo. “Los hombres tienen la vista corta”, dice, anunciando que se puede obtener ventaja de eso. De este modo, los provechos y beneficios inmediatos pueden acarrearles pérdidas a largo plazo. El gobernante deberá saber utilizar para su provecho estas tentaciones de los hombres, pero a la vez deberá saber cuidarse de no caer en ellas.

Esto nos lleva a otro razonamiento de Maquiavelo. ¿Debe el gobernante ser impetuoso o precavido?, se pregunta. Depende, responde el mismo. Existen situaciones en las que el hombre debe saber actuar con decisión, si tiene la certeza de la fortaleza propia y de la debilidad del rival. Por el contrario, si las condiciones no son favorables, debe saber actuar con precaución.

Para Maquiavelo es vital que el gobernante comprenda la relatividad del ímpetu y la precaución. Ninguna de estas características debe estar en su naturaleza, porque “el hombre precavido, cuando llega el tiempo de echar mano al ímpetu, no lo sabe hacer y por lo tanto se hunde” y, a la inversa, el hombre impetuoso no se detendrá nunca, aunque las circunstancias sean adversas y también perecerá.

Por eso, Maquiavelo sostiene que existen dos formas de luchar; una con las leyes y otra con la fuerza. La primera es propia del hombre y la segunda de las bestias, pero como las leyes no siempre son suficientes, será bueno entonces echar mano de la bestia que uno lleva adentro. Las bestias son de dos clases; el león y la zorra: el león no sabe cuidarse de las trampas y la zorra no lo hace de los lobos. “Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas, y león para amedrentar a los lobos”.

El ímpetu para amedrentar y evitar perjuicios en el futuro es una de las obsesiones de Maquiavelo. Cuando, en su opinión, es necesario actuar con decisión, es capaz de recomendar hasta lo inaudito. Consideremos este consejo: cuando un gobernante ha tomado el poder de otro, es preciso que elimine a toda su estirpe para que no exista la posibilidad de que ellos en el futuro confabulen contra él para recuperar el poder.

Sin embargo, por otro lado, Maquiavelo, sabe ponerle un límite al ímpetu. Sostiene que uno debe ser temido, pero no odiado. Nos dice que es perfectamente posible combinar las dos cosas. El gobernante debe tener reputación de cruel cuando es necesario. De este modo, los demás sabrán cuidarse de él y evitarán tenerlo de enemigo. Si se quiere, se estaría usando la estrategia de evitar que lo traicionen y le pongan trampas por temor a su venganza. Pero, por otro lado, debe también evitar ser odiado. Porque los que odian dejan de tener temores y lo arriesgan todo. Por eso, el principio que Maquiavelo recomienda es no caer en la tentación de tomar los bienes de los otros y dedicarse a la rapiña, tampoco se debe tomar a las mujeres de los otros.

Esas son las causas fundamentales del odio. De este modo, los que de uno u otro modo se relacionan con “el príncipe” sabrán que puede ser muy cruel con sus enemigos, pero a la vez sabrán que si no lo traicionan podrán estar seguros con sus bienes, propiedades y mujeres, pues él sabrá respetarlas.

Otra parte interesante de la obra de Maquiavelo, es aquella en la que trata de los aduladores. Sostiene que es natural que los aduladores rodeen al gobernante, puesto que es poderoso y todos quieren ganarse sus favores. El peligro que se corre con ellos es que impiden al gobernante ver la verdad.

Las adulaciones al gobernante provienen de todo lado, y éste termina creyendo que todo eso es verdad, que todo está bien, que es amado por su pueblo, que nadie lo odia y que por lo tanto no corre ningún peligro. Si el gobernante cree esto, como es frecuente, entonces no tendrá una visión real de lo que ocurre con su pueblo y sus enemigos. Terminará cegado y caerá inevitablemente por no haber podido ver la verdad.

Para evitar este efecto negativo que tienen los aduladores, Maquiavelo aconseja al “príncipe” que haga ver a quienes le rodean que no está mal que le digan la verdad, que él no se enojará por eso. Sin embargo, esto tiene un problema. Si todos le dicen la verdad al príncipe, entonces le estarán faltando al respeto, y un gobernante que no goza del respeto de sus súbditos es un príncipe débil a los ojos de los demás. Los débiles que no se ganan el respeto de los demás no pueden ser gobernantes.

Entonces para evitar caer en los dos extremos  Maquiavelo aconseja al gobernante, saber elegir a sus consejeros. Deben ser hombres sensatos. Solo a ellos debe el gobernante darles la libertad de decirle la verdad, pero no en cualquier momento, sino sólo cuando se les pide su opinión y tampoco deben opinar sobre lo que ellos quieran, sino sólo al respecto de la cuestión que el príncipe desea saber.

Una vez que el gobernante los ha escuchado, él debe decidir sobre su accionar por sí solo. Nunca debe escuchar y seguir todos los consejos de una sola persona. Se convertiría en su marioneta.

De este modo, el gobernante hace bien en preguntar constantemente a sus allegados sobre los temas que él quiere saber. Debe incluso enojarse con aquellos que, por temor a su enojo, no le han dicho la verdad. La verdad es valiosa y proviene de hombres sabios. Por eso, la regla principal de Maquiavelo en este sentido es: “Un príncipe que por sí mismo no sea sabio, no puede recibir buenos consejos”.


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